¡Abre los ojos!
por Eugenio Degroote Herranz
Abre los ojos es el título de una película de Alejandro
Amenábar, en la que se describe cómo un chico guapo
vive en un mundo virtual del que no es consciente. La mayor parte
del tiempo vive feliz, ignorando su situación real. De vez
en cuando, incluso su realidad virtual rechina y le produce un profundo
malestar: en distintos momentos, su novia presenta de, forma sucesiva,
dos caras distintas, una suave y agradable, y otra no tan reconfortante.
La situación se resuelve (como siempre) al final, cuando
el chico guapo se da cuenta de que ha vivido en un coma profundo,
en un mundo imaginario diseñado por el equipo médico
que le trataba, con objeto de que no sufriera, aunque la realidad
fuera dolorosa.
Algo parecido ocurre con la Universidad pública española
y con aquellos que participan en su actividad. Casi siempre, la
Universidad aparece ante nosotros como algo idílico, un mundo
de docencia e investigación en el que no hay maldades, ni
intereses particulares, ni familiares, ni políticos. Un lugar
donde todo es ciencia y justicia.
Esa imagen, sin embargo, a veces también nos rechina. Por
ejemplo, cuando observamos que un eminente filósofo español
—Agapito Maestre— ve cómo, sin haber hecho absolutamente
nada, es retirado de su cátedra en la Universidad de Almería,
seis años después de haber tomado posesión
de ella, por un supuesto defecto de forma (que no resulta ser tal),
que más bien parece un mero pretexto para poner a un brillante
pensador independiente de patitas en la calle, quizá por
el mero hecho de ser eso mismo: pensador, brillante e independiente.
O cuando algún alto responsable de la administración
universitaria, utilizando una ley franquista, decide abrir un expediente
a un alumno que ejerce su derecho a la libertad de expresión.
O cuando, de manera repentina, se observa cómo, de forma
absolutamente legal, un candidato a profesor con un currículo
investigador pobre obtiene una plaza en la universidad, frente a
candidatos con méritos mucho mayores, pero que no tuvieron
la suerte de tener un padrino dentro de la universidad.
O cuando una universidad decide perseguir a un profesor (o a un
alumno) díscolo que se decanta por ser independiente. O,
lo que es lo mismo, se decanta por ser social y académicamente
molesto, eso que ahora llamamos todos mobbing.
Según las estimaciones más optimistas realizadas
por Iñaki Piñuel, se calcula que se dan unos 20.000
casos de acoso en el trabajo en el ámbito universitario;
de éstos, 12.000 se dan entre los profesores y 8.000 se producen
entre el Personal de Administración y Servicios; el 70% se
da en mujeres y el 30%, en hombres.
Esta es la cara de la novia del chico guapo cuando no es tan amable.
Es, en resumidas cuentas, la molesta cara de la realidad.
Hace bien poco, un grupo de profesores de reconocido prestigio,
objetividad e independencia, se reunió en Madrid, para exponer
su visión de la realidad universitaria española (http://www.uah.es/vivatacademia/congreso.htm).
No tuvieron el camino fácil. Recibieron amenazas, pero
finalmente obtuvieron un enorme éxito de participación.
En este caso no eran los rectores los que hablaban de la Universidad,
ni tampoco los representantes de la Administración, ni siquiera
los políticos.
Fue un grupo de profesores el que, a título personal, pero
en representación de muchos otros, expuso, aproximadamente,
30 casos de actuaciones irregulares.
Casos que abarcan un amplio espectro pero, como bien se señaló
en el congreso, no constituyen más que la punta del iceberg
de la corrupción en la Universidad que, precisamente, es
el símbolo de este congreso.
Además, 15 conferenciantes hicieron un análisis en
profundidad de la situación de la educación superior
y se abrieron cuatro mesas redondas para debatir una realidad que
a todos afecta. Fue tal el éxito de la reunión, que
ya se está preparando el siguiente congreso.
El mensaje principal se resume en tres palabras: ¡abre los
ojos!El final de esta película está por escribir,
pero no tiene por qué ser desastroso.
En todo caso, la solución pasa, irremediablemente, por
abrir los ojos, ver la realidad tal y como es, y buscarle soluciones
concretas a cada problema.
Todas ellas tienen que pasar, necesariamente, por la desaparición
de las prácticas de acoso, por adjudicar las plazas de profesor
a quien más méritos tiene. En definitiva, todo pasa
por cambiar las reglas del juego.
Pensar en una Universidad pública transparente democrática
y participativa, que no fuera el cortijo de nadie, no debería
asustar. Y es que más que un problema es la solución,
en beneficio de todos.
Esperemos que, como en la película, el equipo médico
responsable de la supervivencia del paciente, haga lo que debe,
y aplique, con los ojos bien abiertos, el tratamiento necesario
para su recuperación.
Eugenio Degroote Herranz es Presidente del I Congreso sobre Corrupción
en la Universidad Pública Española.
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