¡Y los rectores jugando al Monopoly!
Al principio todo eran tinieblas y entonces Dios dijo: "¡Hágase
la teleeducación!" y una universidad anunció
que iba a dar cursos por Internet. Entonces, de repente, brotaron
sistemas de teleformación en todos los distritos universitarios
al grito de "¡Las nuevas tecnologías son el futuro!".
Se abrieron oficinas web, oficinas interactivas, oficinas de e-campus,
oficinas telemáticas, oficinas semipresenciales (vamos, que
aquello parecía una exposición de Ikea oficinas) y
cada universidad escogía el nombre que le parecía
más adecuado.
En esto, como el negocio no acababa de funcionar, algunas universidades
dieron publicidad a un gran secreto: ¡Se puede estudiar la
carrera que uno quiera sin pasarse por las aulas y trabajando treinta
y cinco horas diarias! "¡Qué callado se tenían
que eso era posible!", masculló un sexta convocatoria
de Estadística II, "¿Por qué no nos lo
han hecho saber antes?"
Y, claro, el sexta convocatoria, acompañado de unos colegas,
visiblemente ofendidos todos, se matricularon en masa a Estadística
II virtual, que era así como constaba en el plan de estudios,
es decir, que era "virtual", a saber, que no era una asignatura
en realidad, sino un ensayo, algo "que tiene las virtudes de"
pero que no es.
Los rectores, entusiasmados, agitaron los dados del monopoly y
pusieron aquí cuatro casas y allí unos hoteles, en
general con el presupuesto del estado. Pero la ecuación se
torció y se produjo lo que siempre habían anunciado
los más escépticos. Se tuvo que admitir que no era
posible realizar unos estudios de cuarenta horas semanales de dedicación
en los ratos libres que dejaba un trabajo de treinta y cinco horas.
"¡Es de cajón!" gritaba un viejo catedrático
enfadado porque a él le habían denegado una subvención
que había ido a parar al Departamento de Formación
a Distancia (donde la mayor distancia era la que separaba a los
profesores del cumplimiento de su horario laboral).
Pero, a pesar de todas las evidencias, a pesar de las pérdidas,
el invento se mantuvo. No fue por el enfado del sexta convocatoria,
al cual sorpresivamente aprobaron cuando no lo esperaba; fue precisamente
por eso mismo, por los aprobados, porque alguien hábilmente
dijo en su momento oportuno: "Es evidente que un estudiante
no presencial tiene muchas más desventajas que un estudiante
presencial. Hay que hacer algo para compensar". Y lo hizo.
Pero esto ya es otra historia.
Guillem Bou Bauzá
Doctor en Ciencias de la Eudación
guillembou@yahoo.com
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