Calidad sin corazón
Ahora que ha pasado la tormenta inicial sobre la ley de calidad
(y, toquemos madera, sólo nos quedan las resacas borrascosas
que no remitirán hasta dentro de un año) es el momento
de reflexionar sobre las tomas de posición.
Miren, con el corazón en la mano: si es bueno o no para
el sistema una reválida, si es bueno o no separar alumnos
por niveles o si la disciplina escolar debe enfocarse de un modo
u otro, todas estas cuestiones que se han citado, son temas de tesis
doctoral. Es decir, los expertos en educación le podrán
hablar de países donde se hace de una manera o de otra, con
resultados en ambos casos notables. Incluso le podrán recordar
nuestra historia reciente (un partidario de la reválida hacía
notar que existía en la Segunda República) para encontrar
ejemplos de aplicación bajo distintas filosofías social-educativas.
Por tanto, ver a tanto sesudo y tanto experto que, en vez de hacer
honor a su condición y participar en un debate abierto, se
limita a repetir argumentos para justificar las consignas que le
ha transmitido tal o cual partido, perdonen que les diga, es deprimente.
¿Saben cuándo tendremos un debate real sobre estas
cuestiones? Lo tendremos cuando la educación deje de ser
un arma arrojadiza de la política.
Entonces (no sé si llegaremos a tiempo para discutir las
propuestas de Pilar del Castillo o no) será cuando podremos
ver a un investigador con carnet socialista exponer que la ley tiene
puntos positivos o, al revés, ver a un educador afín
al PP exponer que le encuentra aspectos de difícil aplicación.
Sólo entonces, cuando tengamos ante nuestras narices la discrepancia
intelectual, percibiremos el síntoma de que se está
produciendo un auténtico debate sobre el cambio posible en
la secundaria.
Mientras tanto, fíjense qué espectáculo más
absurdo: personalidades que se han manifestado contra el pensamiento
único se unen en plataformas pro-ley o contra-ley en las
cuales, casualmente, toda esta riqueza y diversidad intelectual
se resume en una única conclusión: sí o no.
No hace falta pensar en niños prodigio adolescentes, cualquiera
de nuestros alumnos de secundaria puede entender que una propuesta
así tiene cosas buenas y cosas malas, todas discutibles.
Lo que no creo que entienda es que, quien le ha alabado el librepensamiento,
se mueva ahora a golpe de consigna y ponga todo su potencial creativo
al servicio de una premisa fijada de antemano. ¿Creen acaso
que nuestros jóvenes no saben qué es el servilismo
intelectual?
Yo no sé si tenemos una buena ley de calidad porque me parece
que nadie ha discutido con el corazón en la mano la propuesta.
Tengo amigos progresistas de toda la vida que dicen que hay un problema
de motivación y disciplina en los institutos (¡y no
les digo lo que piensan de la LOGSE!). Tengo amigos conservadores
que no saben si va a ser bueno dividir grupos por nivel. Ojalá
éstos fueran los encargados de crear opinión en este
país. Porque una cosa es crear opinión y otra dirigirla.
Así pues, tenemos debates sobre calidad... pero sin corazón.
Guillem Bou Bauzá
guillembou@yahoo.es
|